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Jesusa llevaba 40 años en silencio, sin hablar de su hija. Hasta que, en el año 2000, alguien le mandó una carta. Y después las llamó, a ella y a su vecina. Ambas contaban los días para ver a ese hombre. Pero ese día no llegó. El 21 de noviembre de ese mismo año, ETA lo asesinó en Barcelona.  Miles de personas salieron a la calle con velas encendidas y el silencio como respuesta. 

Y Jesusa con un pensamiento que no pudo quitarse de la cabeza: “Ha hablado de mi hija… y por eso lo han matado”. Como si ponerle voz al dolor tuviera consecuencias.

Isabel fue a buscar respuestas al archivo personal de Ernest Lluch, en Vilassar de Mar. Allí sacó estas fotos. Y allí están sus papeles, sus libros, sus fotos. Las cajas donde quizá empezó todo: las notas, los artículos, las dudas. Una historia también se escribe así: sentada frente a documentos, intentando leer entre líneas lo que alguien quiso decir.

Aunque el más conocido es el que publicó en el año 2000 (el que leyó la madre de Begoña, el que por primera vez le hizo sentirse reconocida), esa no fue la primera vez que Lluch escribió sobre la niña. Ya en los años 90 había empezado a mencionar su nombre. Tiró de un hilo que había encontrado en una nota al pie, y desde ahí construyó una versión que marcó el relato durante años. Aquí os dejamos algunos de esos artículos, porque en ellos se puede ver cómo una hipótesis se fue transformando en certeza. 

El libro se titulaba Los obispos vascos y la paz. 1968 – 1992. Lo había escrito por José Antonio Pagola, vicario de San Sebastián. Fue el texto donde, por primera vez, se recogió por escrito el nombre de Begoña Urroz como la primera víctima de ETA. Aquel apunte, casi escondido en el borde de un libro, fue el que empezó todo un relato que duraría muchas, muchas décadas. 

En esta foto están Juan y Jesusa el día de su boda. Recién casados, jóvenes, y con toda una vida por delante. Sin saber todo lo que iba a venir después.